Noite de Samain

Llevo mucho tiempo sin publicar nada en este blog mío, pero es que apenas tengo tiempo. Sí, ya sé que no es una disculpa muy buena, pero para resarcirme un poco de este abandono, dejaré este relato, que además es mi forma particular de celebrar la mágica noche de SAMAÍN. Noche en la que según cuentan las leyendas Celtas, los difuntos podían caminar entre los vivos dándole a la gente la posibilidad de reunirse con sus antepasados.
Os gustará más si lo leéis escuchando a “Luar na lubre” por cierto, este vídeo se rodó aquí, en Valdeorras, mi tierra.

“A Briana le gustaba salir a pasear cada tarde entre los viñedos, hacía años que había descubierto el placer de pasear sola entre ellos. Era un paisaje, como lo son todos, cambiante. Pero era en otoño cuando a ella más le gustaba. Con el fruto ya recogido, pues las vendimias se hacían en septiembre, el colorido era verdaderamente impactante.
Las hojas de las vides adquirían una gran variedad de tonalidades, desde los granates más intensos hasta los ocres en todas sus tonalidades; amarillo, dorado, arena, marrón… y se mezclaba entre medias, alguna hoja que todavía era capaz de conservar el insolente verde del verano.
Al atardecer, con el sol cayendo detrás de las montañas que rodeaban el valle, era cuando mejor se podía disfrutar aquella mezcolanza de colores que se iba apagando a medida que anochecía.
Disfrutaba tanto de aquellos paseos otoñales a media tarde, que muchas veces olvidaba la hora de volver y se le hacía de noche en medio de los viñedos.
Eran muchas las noches en las que tenía que salir su madre a buscarla preocupada, llamándola a voces y regresándola de sus ensoñaciones.
Pero no fue hasta bien cumplidos los diez años, cuando empezó a contar en casa las extrañas historias que le ocurrían en sus andanzas vespertinas.
Les contaba a sus abrumados padres, que se encontraba con seres fantásticos, seres de otros mundos, decía ella, que la llevaban de la mano entre la bruma hasta lugares lejanos en los que las viñas daban paso a los frondosos bosques de carballos. Allí donde las hadas tenían su morada.
Su familia había asimilado ya, que era una niña muy imaginativa y dejaron de dar importancia a aquellas ensoñaciones de Briana. Sólo su abuela la miraba con sus viejos y grises ojos reconociendo cada una de aquellas historias.
Por eso empezó a contarle sólo a ella sus aventuras encantadas. Le hablaba de cada nuevo amigos que conocía. Le habló de Cordelia, hija de Cleissy, la reina del bosque. También de Eleanora, con la que hizo una gran amistad, y de Idris y Kendra dos hermanos para los que el bosque no tenía secretos y conocían hasta sus más recónditos parajes. Con ellos aprendió a reconocer cada arbusto y cada flor, cada árbol y cada animal por minúsculo que fuera
La esperaban siempre al final del viñedo por el que solía pasear, la cogían de la mano y la llevaban hacia el bosque que se escondían entre las brumas. Siempre le parecía poco el tiempo que pasaba con sus extraños amigos. Pero debía regresar a casa, o su madre no la dejaría volver.
A medida que se fue haciendo mayor, empezó a dejar de contar las historias sobre sus encuentros con aquellos seres fantásticos incluso a su abuela, pero ella sabía muy bien que su nieta seguía en contacto con aquel mundo y tenía la certeza de que haría lo que ella no fue capaz de hacer en su momento.
Briana había alcanzado la mayoría de edad y tenía que tomar una decisión. Sus amigos ya la habían avisado. “Llegará un momento en el que no podremos llevarte con nosotros a través de la bruma, es entonces cuando tienes que tomar tu decisión. No puedes vivir entre dos mundos como hasta ahora”
Cleissy, la llevó a su fantástica morada y se lo explicó muy bien. Una vez cumplidos los dieciocho años, tendría que elegir. Si se quedaba en los bosques de Urbum, que así se llamaban, nunca más volvería al valle ni a la casa de sus padres. Podría ver a su gente siempre que quisiera, sí, pero ellos jamás volverían a verla. Y si decidía quedarse con su familia, no podría volver a Urbum. Y todo lo que allí había vivido, no sería más que un sueño.
La hora de la elección se acercaba, tendría que ser en la noche de Samaín. Esa noche tan especial en la que todos podían reunirse con los espíritus de sus antepasados.
Se le hacía difícil dejar a sus padres, pero se había enamorado perdidamente de Kendra y ya había probado el manjar de sus labios.
Así que aquel atardecer del treinta y uno de octubre, antes de iniciar su paseo, sabía que ya nunca regresaría al valle de su infancia. Se despidió de su abuela y ella entendió que la vida de Briana estaría para toda la eternidad más allá de los confines del mundo conocido.
Pero Cleissy le había prometido que cada Samaín podría reunirse con su familia y pasar esa mágica noche con ellos…”
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