8 DE MARZO. DÍA DE LA MUJER.

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Ana no podía dormir, pero no era fácil hacerlo pensando que él llegaría de un momento a otro. Hoy ya se había demorado demasiado y ella sabía que eso no era bueno. Se habría parado en el bar con sus colegas a celebrar algo, beberían unas copas… El miedo empezó a invadirla. Si ya cuando estaba sobrio la agredía, cuando venía en ese estado de euforia que le daban los cubatas, entonces se le iba la mano y a veces… el puño, ese puño enorme y huesudo con aquel sello de oro en el dedo anular, que ya había llevado marcado muchas veces en varias partes de su cuerpo.
Nunca sabía por qué. Ella procuraba hacerlo todo bien, ¡pero era tan torpe…! Le costaba encontrar por ejemplo el punto justo en el que le gustaba el filete a la plancha. Ni pasado, ni crudo, justo en el punto determinado que a Andrés le gustaba, y que ella nunca pudo encontrar.
Se había hecho una experta en planchado de camisas, seguramente la contratarían en cualquier lavandería de lo bien que lo hacía. Pero nunca estaban a su gusto, un día le quitó la plancha de las manos, la arrancó del enchufe y menos mal que tuvo los reflejos bien despiertos y la esquivó, porque se la habría estampado en toda la cara, y se la habría destrozado entre el golpe y el calor del electrodoméstico.
Cuando no era por una cosa era por otra, Andrés siempre encontraba un motivo para humillarla, pero lo peor era cuando se tomaba unas copas, entonces de la bofetada pasaba a los puñetazos y…
Ella terminaba hecha un ovillo en una esquina llorando sangre.
Entonces él la miraba con desprecio y le decía que se lo tenía bien merecido, que a él le dolía más que a ella pero que tenía que enseñarla, que esa era la única manera de que aprendiera, Y que lo hacía porque la quería. ¡La quería tanto…!
Pero Ana había empezado a pensar que el amor no podíaa ser esto, que el amor no podía ser vivir con miedo en su propio hogar, el amor no podía ser tener miedo de que él regresase a casa. El amor tendría que ser un beso al llegar, tendría que ser una palabra de aliento cuando ella estuviera triste o unas risas al levantarse. Tampoco debería dolerle tanto cuando la amaba… bueno eso que Andrés decía que todas las mujeres estaban siempre deseando, y a lo que no podía negarse nunca, porque entonces aún era peor.
Le daba vueltas a la cabeza, con el miedo alojado en sus entrañas, pero vislumbrando un punto de luz en lo más oscuro de sus pensamientos. Un punto que ya llevaba días viendo aparecer, aunque luego se oscurecía de nuevo, Pero hoy no, hoy se fue haciendo más grande y más luminoso, tanto que de pronto se convirtió en un haz de luz intenso que le iluminó la razón y le dio la fuerza necesaria para levantarse. Y lo hizo, se levantó y tomó la decisión tantas veces aplazada.
Le escribió una nota: “búscate otra a la que no tengas que enseñar. Yo no necesito que me quieran tanto, necesito que me quieran mejor”. Cogió su bolso y poco más y se marchó. Con cada paso que daba, tomaba conciencia de su soledad pero también de su libertad. Se había quedado sin nada, pero de repente… lo tenía todo, y conforme iba poniendo distancia entre ella y aquel piso que compartiera con Andrés, sus labios iban dibujando una sonrisa cada vez más amplia.

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